El misterioso caso de Gabriela Rico Jiménez es una de las historias sin resolver más escalofriantes de México. En 2009, la joven modelo de Chihuahua asistió a una fiesta de alto perfil en Monterrey, supuestamente relacionada con la prestigiosa agencia Elite Model. No era una fiesta cualquiera; se decía que reunía a poderosos empresarios, políticos y posiblemente figuras del crimen organizado.
Días después, Gabriela apareció en un video ahora infame afuera de un hotel en Monterrey, descalza, angustiada y divagando sobre las élites globales, rituales satánicos y sacrificios humanos. Afirmó que líderes mundiales, incluido el expresidente de los Estados Unidos, George W. Bush, participaban en ceremonias secretas y «se comían a los niños». Sus palabras eran frenéticas y desarticuladas, pero transmitían una sensación de terror real. La policía se la llevó, calificándolo de colapso mental.
Nunca más se la volvió a ver. No hay registros hospitalarios, ni declaraciones oficiales, ni rastro. Su familia guardó silencio y las autoridades no ofrecieron nada. Muchos creen que tropezó con el lado oscuro del mundo del modelaje, donde las mujeres jóvenes son explotadas y traficadas bajo la apariencia de glamour, y que su arrebato fue una advertencia desesperada. Otros piensan que fue una crisis psicológica genuina.
Pero la ausencia de cualquier investigación solo ha alimentado el misterio. A día de hoy, la desaparición de Gabriela es un recordatorio inquietante de cómo alguien puede desaparecer a plena vista cuando el poder, el silencio y el miedo convergen.
Hoy su nombre sale a la luz luego de que en los Archivos Epstein se mostrara cómo algunos personajes de la élite norteamericana se reunirían para tener este tipo de prácticas.











