La pregunta “¿se puede entrenar la mente para alterar la realidad?” no es solo filosófica: cuando la plantea alguien como Jacobo Grinberg frente a figuras como la curandera conocida como Pachita, se cruzan investigación, tradición y espectáculo mediático. Ese cruce es el terreno donde conviven dos consecuencias prácticas: una, la búsqueda de explicaciones reproducibles por métodos científicos; otra, la construcción de relatos públicos que modifican conductas, demandas de atención médica alternativa y espacios de poder simbólico. Entender qué ocurrió y qué implica requiere separar lo que Grinberg intentó proponer de lo que la narrativa pública terminó consumiendo.
Qué intentó investigar Jacobo Grinberg y por qué importa
Jacobo Grinberg fue un investigador mexicano interesado por la conciencia y las prácticas chamánicas; formuló una propuesta teórica —frecuentemente asociada con la idea de un “campo” que interconecta percepciones— para explicar cómo experiencias subjetivas intensas podían tener efectos consistentes en entornos sociales. Lo que importa aquí no es solo la tesis en abstracto, sino su intención: reunir datos sobre experiencias rituales y estados alterados de conciencia para integrarlos en un marco de explicación que vinculara neurofisiología y tradición.
La importancia de ese intento radica en tres causas convergentes. Primera, la historiográfica: desde mediados del siglo XX hubo un interés creciente, en diversas disciplinas, por estudiar fenómenos que escapaban de la psiquiatría clínica tradicional; los investigadores querían entender no solo patologías, sino capacidades humanas inusuales. Segunda, la cultural: en México existe una larga tradición de curanderismo y prácticas indígenas que la academia empezó a revalorizar, por lo tanto estudiar esas prácticas tenía —y tiene— consecuencias sobre reconocimiento cultural y políticas públicas. Tercera, la tecnológica: el desarrollo de medidas neurofisiológicas hizo plausible intentar correlacionar relatos subjetivos con variables objetivas, aunque esa correlación no prueba causalidad.
Pachita: figura pública, práctica controvertida
La curandera conocida como Pachita ocupó un lugar prominente en la cultura popular mexicana por la espectacularidad de sus rituales y por la afluencia de pacientes. En la narración pública su figura funcionó como caso de estudio y como imán mediático: atraía creyentes, escépticos, periodistas y turistas. Eso convierte su práctica en un punto de conflicto relevante para la pregunta central: cuando una práctica tradicional se convierte en objeto de observación científica y de consumo mediático, ¿qué se mide exactamente: la eficacia clínica, el efecto placebo, la teatralidad ritual o la coincidencia entre narrativa y resultado?
Lo que se sabe con certeza es que la interacción entre un investigador como Grinberg y figuras como Pachita genera efectos sociales notables. Produce atención mediática que puede amplificar credulidad; alimenta comunidades de práctica que atribuyen poderes a la tradición; y obliga a la ciencia a definir estándares de prueba para lo que considera “alterar la realidad”.
Limitaciones epistemológicas: qué no prueba el espectáculo
El cruce entre ritual y experimento enfrenta obstáculos metodológicos claros. Primero, hay diferencias entre correlación y causalidad: registrar una coincidencia entre un estado subjetivo y un resultado físico no implica que la mente haya producido el efecto. Segundo, los entornos rituales introducen variables difíciles de controlar: expectativas de los participantes, efectos psicosomáticos, dinámicas de poder entre curandero y paciente y reportes posteriores que se ajustan al relato deseado. Tercero, la reproducibilidad: la ciencia moderna exige que resultados observables puedan replicarse bajo condiciones controladas. Hasta donde indican fuentes verificables, las afirmaciones extraordinarias sobre alterar la materia no han superado esa prueba de forma aceptada por la comunidad científica mayoritaria.
Explicar por qué estas limitaciones pesan es esencial: la falta de controles adecuados y la naturaleza performativa de muchos rituales hacen que el margen para interpretación sea grande, y la interpretación pública suele elegir narrativas que confirman creencias preexistentes. Eso es especialmente relevante en contextos donde la medicina oficial no satisface todas las demandas de la población, y la curandería ocupa un espacio de respuesta.
Consecuencias sociales y culturales de creer que la mente altera la realidad
Si la sociedad acepta sin matices que la mente puede producir efectos físicos directos, hay varias consecuencias tangibles. En el terreno de la salud, se generan demandas hacia alternativas terapéuticas que no siempre cuentan con evidencia sólida y pueden desplazar tratamientos efectivos. En lo institucional, se tensiona la relación entre saberes académicos y saberes tradicionales: la validación pública de prácticas sin evidencia robusta puede presionar a universidades o instituciones a legitimar lo anecdótico. En lo simbólico, se resignifican identidades: curanderos y chamanes ganan visibilidad y poder; investigadores que exploran estas áreas pueden devenir figuras mediáticas con alto capital simbólico.
Asimismo, la narrativa atrae movimientos sociales y comerciales: excursiones espirituales, turismo de experiencias y mercados de terapias alternativas. Esa demanda económica retroalimenta la oferta y puede incentivar la espectacularización de prácticas que, fuera del contexto, pierden matices.
Qué haría falta para que la afirmación tuviera peso científico
Para que la hipótesis “entrenar la mente altera la realidad” tuviera aceptación científica robusta harían falta pruebas sistemáticas y reproducibles. Eso incluye protocolos controlados que aíslen variables como expectativas, cegamiento experimental para reducir sesgos, muestras suficientemente grandes y replicaciones independientes. También se necesitaría un mecanismo físico o neurobiológico plausible que conecte estados mentales con efectos materiales medibles; hoy, la neurociencia ha avanzado en correlatos de la experiencia pero no ha demostrado mecanismos por los cuales la intención humana produce cambios en materia de forma directa y verificable fuera de procesos psicológicos y sociales.
En resumen: no es suficiente con relatos convincentes. La ciencia exige repetición, control y explicaciones mecanicistas o teóricas que se integren con el resto del conocimiento establecido. Mientras tanto, las propuestas de Grinberg permanecen como estímulos teóricos provocadores y punto de partida para el debate, pero no como hechos empíricos concluyentes.
Actores, responsabilidades y el legado público
Los actores que configuran este debate son múltiples: investigadores como Grinberg que proponen marcos interpretativos; practicantes como Pachita que actúan y sostienen comunidades de significado; periodistas y medios que amplifican relatos; académicos críticos que demandan rigor y autoridades sanitarias que deben proteger a la población. Cada actor tiene responsabilidades distintas: el investigador, la de clarificar límites entre hipótesis y evidencia; el practicante, la de no prometer lo que no puede garantizar; los medios, la de distinguir entre descripción y verificación; las instituciones, la de articular políticas que protejan al público sin desvalorizar saberes tradicionales.
El legado de estos encuentros es ambiguo: generan preguntas fructíferas sobre la conciencia y la experiencia humana, pero también dejan un campo fértil para la confusión entre fe y prueba. Reconocer esa ambivalencia es clave para transitar entre admiración por lo insólito y exigencia de evidencia.
Cuando la discusión se reduce a la dicotomía “sí/no”, se pierde lo más útil: cuáles preguntas específicas merece investigar la ciencia, cómo proteger a las personas que buscan alivio y qué reconocimiento se debe a las tradiciones sin sacrificar la capacidad de comprobación. Jacobo Grinberg y la figura de Pachita obligan a volver siempre a esa tensión: no porque existan respuestas sencillas, sino porque las implicaciones sociales, culturales y científicas de creer que la mente puede alterar la realidad son demasiado relevantes para dejarlas en manos del espectáculo o de la pseudociencia.






















