La evidencia de campo acumula un mensaje incómodo para los estados mayores: los sistemas impulsados por inteligencia artificial, desde software de fusión de datos hasta drones “prescindibles”, están operando con más rapidez, resiliencia y economía de lo anticipado por las doctrinas tradicionales. No es una promesa futurista, sino resultados observables: ciclos de decisión comprimidos, enjambres de plataformas baratas que saturan defensas y un proceso de adaptación en días, no en trimestres. Un análisis reciente del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI) lo sintetiza sin adorno: el rendimiento real en combate está superando las expectativas de los planificadores.
Qué significa “IA militar” hoy: del reconocimiento a la acción
La etiqueta abarca tres capas operacionales ya en uso. Primero, la analítica: reconocimiento automático de imágenes, detección de objetos y correlación de señales en grandes volúmenes de datos ISR (inteligencia, vigilancia y reconocimiento). En 2017, el Pentágono lanzó Project Maven para automatizar la explotación de video aéreo; desde entonces, algoritmos de visión por computadora se convirtieron en estándar en centros de análisis y, crucialmente, en el borde (edge) de sensores desplegados.
Segunda capa, la decisión asistida: tableros que integran sensores, geolocalización y patrones de movimiento para priorizar objetivos. En el frente ucraniano, software comercial de fusión de datos e interfaces de mando han reducido la latencia entre avistamiento y fuego de contrabatería; el proceso se automatiza hasta el umbral permitido por los reglamentos nacionales, con humanos validando disparos en los bucles más sensibles.
Tercera capa, la autonomía en plataformas: desde navegación asistida por visión y evasión de obstáculos en cuadricópteros baratos hasta loitering munitions capaces de merodear y seleccionar objetivos bajo reglas predefinidas. Las exigencias legales y políticas varían —la Directiva 3000.09 del Departamento de Defensa de EE. UU. se actualizó en 2023 para reforzar la supervisión humana—, pero el terreno empuja hacia más autonomía táctica, sobre todo cuando la guerra electrónica degrada comunicaciones.
Por qué supera expectativas: velocidad, saturación y costo marginal
La tecnología se impone por tres razones que importan al comandante. La primera es la velocidad. La IA reduce fricción en la famosa secuencia OODA (observar, orientar, decidir, actuar), comprimiendo minutos en segundos. Un flujo de video de drones con detección automática permite orientar artillería casi en tiempo real; la guerra electrónica adapta firmas y rutas con modelos que aprenden del entorno en días; los errores se corrigen por software, sin esperar nuevas generaciones de hardware.
La segunda es la saturación. La combinación de modelos de visión eficientes y computación barata en el borde permite desplegar decenas o cientos de plataformas prescindibles. Defenderse de un enjambre de drones FPV cuesta más que producirlo: interceptores, misiles y cañones guiados por radar se agotan rápido ante blancos baratos y numerosos. Este desequilibrio económico —el costo marginal de añadir “otro dron” frente al costo marginal de derribarlo— altera el cálculo de desgaste.
La tercera es la economía de escala en dual-use. Sensores comerciales, módulos de navegación y unidades de cómputo de bajo consumo alimentan arquitecturas modulares. La iniciativa Replicator del Pentágono (anunciada en 2023) es explícita: miles de sistemas “atribuibles” y baratos en 18–24 meses, priorizando volumen sobre exquisiteces. China, con cadenas de suministro profundas en electrónica civil, acelera prototipos similares. El resultado: tiempos de despliegue más cortos que los de adquisición tradicional.
Lecciones de conflictos recientes: Ucrania, Gaza y el Cáucaso
Cáucaso, 2020. La segunda guerra de Nagorno-Karabaj evidenció que ISR persistente y municiones merodeadoras podían desorganizar defensas estáticas. No fue una guerra de IA “pura”, pero sí un cambio de equilibrio: quien combinó sensores, enlaces y municiones desechables impuso ritmo y narró la batalla desde el aire.
Ucrania, 2022–2024. La guerra industrializada del siglo XXI trajo un laboratorio brutal. Miles de drones comerciales modificados se emplearon para reconocimiento y ataque preciso a bajo costo. La automatización de tareas específicas —detección de blindados en video, triangulación de artillería enemiga a partir de impactos, rutas de infiltración con evitación de obstáculos— redujo el tiempo entre la observación y el efecto. La guerra electrónica rusa impuso degradación severa a enlaces y GPS; la respuesta fue iterativa: más navegación por visión, bandas de frecuencia alternativas, y despliegues distribuidos con operadores más atrás. El aprendizaje es continuo y distribuido, más cercano al desarrollo de software que a ciclos de programa de armamento.
Gaza, 2023–2024. Investigaciones periodísticas reportaron el uso de sistemas algorítmicos para priorizar objetivos, con debate intenso sobre precisión, supervisión humana y proporcionalidad. Las Fuerzas de Defensa de Israel no divulgaron detalles técnicos y disputaron aspectos de esos reportes, pero el caso expuso un dilema central: la escala de objetivos que generan los algoritmos supera la capacidad de revisión humana si no se ajusta el umbral de disparo y la gobernanza del dato. Esta tensión —entre volumen de decisiones y control humano significativo— define la frontera ética y operativa de la IA en combate.
Tecnología que importa: sensores, modelos y guerra electrónica
Los sensores marcan el techo de la inteligencia: cámaras multiespectrales, radares de apertura sintética en plataformas medianas, micrófonos para detección de artillería, receptores de señales. La IA no “ve” lo que el sensor no captura, pero optimiza la cadena: filtra ruido, correlaciona fuentes y prioriza anomalías. En el borde, módulos de cómputo de tamaño palma ejecutan inferencia de visión en 5–15 W, suficiente para evitar obstáculos, reconocer siluetas y mantener rutas con GPS negado.
Los modelos se vuelven más pequeños y robustos, entrenados con datasets generados en teatro —una ventaja para quien opera continuamente. La adaptación rápida al camuflaje adversario o a nuevas firmas de radio depende menos de “modelos gigantes” y más de pipelines de datos disciplinados: etiquetado oportuno, validación, feedback de operadores. En guerra electrónica, redes neuronales livianas detectan patrones de jamming y recomiendan saltos de frecuencia; algoritmos de control ajustan potencias y modulación. No es invulnerable: los adversarios usan señuelos, adversarial patches y spoofing para engañar clasificadores; por eso el diseño incorpora redundancia y degradación graciosa.
Limitaciones reales: fragilidad, datos y derecho internacional
El rendimiento “sorprendente” no elimina riesgos medulares. La fragilidad ante condiciones no vistas —nieve densa, humo, firmas térmicas atípicas— puede disparar falsos positivos críticos. La dependencia en comunicaciones crea puntos de fallo: cuando el enlace cae, la autonomía debe ser suficientemente competente para no causar daño colateral o pérdida innecesaria del sistema. El sesgo en datos, si no se corrige, se traduce en decisiones sesgadas.
El derecho internacional humanitario (DIH) no cambia con la tecnología, pero su aplicación se complica con algoritmos. “Control humano significativo” es un estándar político-jurídico aún en consolidación. La OTAN adoptó principios de IA responsable en 2021; EE. UU. actualizó su directiva sobre autonomía en 2023; la UE avanzó el AI Act en 2024, que excluye usos militares pero influye en proveedores dual-use. La trazabilidad —saber qué datos y parámetros condujeron a una decisión— sigue siendo un reto con modelos complejos, y sin trazabilidad no hay rendición de cuentas.
Industria y geopolítica: barreras bajas, competencia alta
La barrera de entrada cayó. Con componentes comerciales, código abierto y equipos pequeños, actores no estatales y estados con presupuestos medios pueden montar capacidades disruptivas. Esto no iguala la mesa: la ventaja la conserva quien domina la integración de sistemas, la logística de escala y la cadena de datos. China capitaliza su industria electrónica; EE. UU. intenta compensar con doctrina, alianzas y aceleradores de adquisición como AFWERX o DIU; Rusia combina producción local con importaciones indirectas de componentes civiles. Los controles de exportación de semiconductores de alto rendimiento desaceleran ciertos desarrollos, pero la mayor parte de la inferencia en el borde no necesita GPU de gama alta.
La competencia también es normativa: quien logre certificar procesos de IA militar “responsable” con auditoría y pruebas de campo tendrá ventaja diplomática para vender y entrenar aliados. La interoperabilidad de datos y modelos en coaliciones (AUKUS, OTAN) será tan estratégica como los calibres de munición.
Doctrina bajo presión: mando por misión y humanos “sobre” el loop
La IA no sustituye el mando; altera sus escalas. El mando por misión (mission command) —intenciones claras, autonomía táctica— gana relevancia cuando el entorno electrónico rompe cadenas directas. La supervisión humana migra del clic autorizador en cada acción a la configuración de reglas, umbrales y zonas de exclusión, con auditoría posterior. En defensa aérea de punto, por ejemplo, la autorización puede ser previa y parametrizada, con el humano fuera del loop minuto a minuto pero responsable del diseño del “loop”.
La formación cambia de foco: menos destreza en interfaces específicas, más alfabetización en datos y validación. La logística adopta modelos predictivos para repuestos y desgaste de tubos de artillería; la protección de fuerzas integra detección automática de francotiradores y rutas de convoy recalculadas por riesgo dinámico. La doctrina que no incorpore ciclos de software —actualizaciones semanales, feature flags, telemetría— quedará obsoleta antes de consolidarse.
Qué observar en 2025: señales de maduración
Varias métricas dirán si la sorpresa táctica se convierte en ventaja sostenida. Uno, densidad de drones capaces de operar en GPS negado con navegación por visión confiable. Dos, integración de analítica multimodal (video, RF, térmico) en tableros de brigada con latencia subminuto. Tres, despliegues de “sistemas atribuibles” a escala de miles en programas oficiales —la evolución de Replicator en EE. UU. y sus análogos en Asia-Pacífico. Cuatro, protocolos de gobernanza operativa que documenten datos, parámetros y responsabilidad por ciclo de misión. Cinco, contrainteligencia técnica: capacidad para detectar y engañar modelos adversarios sin escalar costos propios.
El informe del IFRI acierta al subrayar el desfase entre manuales y realidad. El campo de batalla no espera comités: itera. Quien combine disciplina de datos, modularidad industrial y marcos legales claros impondrá tempo. Quien confíe en ciclos de adquisición de cinco años y centros de datos desconectados del frente llegará tarde.
Para análisis adicionales sobre tecnología y geopolítica, visite https://www.soycodigo.org. Para libros y recursos recomendados sobre IA, defensa y ética, consulte https://www.soycodigo.org/libros.
Preguntas frecuentes
¿La IA toma decisiones de ataque sin humanos? Depende del país y del sistema. Muchas fuerzas exigen control humano significativo. En algunos contextos defensivos, la autorización es parametrizada y previa, con auditoría posterior.
¿Los drones “inteligentes” son invencibles? No. La guerra electrónica, el camuflaje y las tácticas de engaño degradan su rendimiento. La ventaja viene de iterar rápido y combinar sensores redundantes.
¿Qué cambia para el derecho internacional humanitario? Nada en los principios; sí en la aplicación. La trazabilidad de decisiones y la proporcionalidad deben garantizarse incluso con algoritmos en la cadena.
¿Quién lidera la carrera? EE. UU. y China marcan el ritmo industrial y doctrinal; Ucrania ha sido banco de pruebas táctico; otros actores regionales adoptan rápidamente tecnologías dual-use.
¿Cómo impacta a la industria civil? Los avances en sensores, chips de bajo consumo y modelos eficientes retroalimentan sectores civiles —logística, seguridad, agricultura— y a la inversa. La línea entre dual y militar se difumina.
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