Jacobo Grinberg y la hipótesis de simulación: una genealogía antes de Musk

La pregunta “¿la realidad es una simulación?” dejó de ser una pura especulación filosófica para convertirse en un tema público cuando figuras como Elon Musk la repitieron en medios y redes. Pero antes de que la idea se viralizara en Silicon Valley, en México Jacobo Grinberg-Zylberbaum propuso, desde la psicología y la investigación sobre conciencia, una interpretación que también pone en el centro la construcción de lo real. No son equivalentes: sus marcos conceptuales, métodos y finalidades difieren. Entender esas diferencias explica por qué el debate sobre si vivimos en una simulación tiene consecuencias prácticas —políticas, económicas y tecnológicas— y no sólo metafísicas.

Quién fue Jacobo Grinberg y qué propuso

Jacobo Grinberg-Zylberbaum fue un psicólogo e investigador mexicano conocido por su trabajo sobre percepciones, meditación y prácticas chamánicas; desapareció en 1994. En su obra desarrolló lo que llamó «Teoría Sintérgica», una propuesta que entiende la conciencia como un factor activo en la construcción de la realidad. Grinberg planteó que existe un campo o patrón —descrito en algunos textos como un «campo sintérgico»— que conecta estados subjetivos, rituales indígenas y la percepción colectiva. Su interés estuvo en documentar fenómenos de percepción ampliada y en proponer modelos que explicaran por qué distintas personas comparten una misma experiencia de la realidad.

Su enfoque combinó observación de prácticas rituales, experimentación clínica y una lectura crítica de la psicología occidental: la realidad, en su visión, no surge únicamente del cerebro, sino de una interacción entre conciencia y un patrón informacional que posibilita la experiencia compartida.

Cómo difiere de la hipótesis de simulación moderna

La hipótesis de simulación popularizada por figuras públicas como Elon Musk y formalizada en términos filosóficos por Nick Bostrom (2003) parte de una lógica distinta. Bostrom expone un argumento probabilístico sobre civilizaciones futuras capaces de correr simulaciones de antepasados; Musk y otros han mostrado la idea como plausible apoyándose en la aceleración tecnológica de gráficos, realidad virtual y videojuegos. Es, en esencia, una hipótesis computacional: la realidad sería el producto de procesos informáticos avanzados.

Grinberg, por el contrario, se situó en una matriz epistemológica donde lo esencial no es una arquitectura computacional externa sino la primacía de la conciencia y su relación con un patrón que media la experiencia. Mientras Bostrom y los tecnólogos hablan de hardware, software y probabilidad estadística, Grinberg habló de ritual, atención y campos interactivos. Esa diferencia importa porque define consecuencias distintas: una lectura computacional conduce a debates sobre ingeniería, seguridad de la IA y economía digital; la lectura sintérgica empuja hacia la antropología, la ética de la atención y la valoración de saberes indígenas.

Por qué esta discusión cobra relevancia ahora

Hay causas concretas que han hecho que la hipótesis de simulación deje de ser un ejercicio intelectual: el avance de la inteligencia artificial, el auge de la realidad virtual y aumentada, la capacidad de producir imágenes y videos hiperrealistas (deepfakes) y la concentración de datos personales en plataformas privadas. Estos desarrollos concretos transforman la metáfora en una imagen de trabajo para programadores, inversionistas y militares.

Además, actores distintos —empresas tecnológicas, fundaciones que financian investigación de riesgo existencial, y gobiernos interesados en simulaciones para entrenamiento militar— encuentran en la metáfora de la simulación una justificación para invertir recursos. No es lo mismo plantear un experimento filosófico que presupuestar centros de investigación en IA segura y mundos virtuales; la retórica influye en flujos de dinero y prioridades políticas.

Consecuencias políticas y económicas

Si la narrativa de la simulación se naturaliza entre decisores, puede condicionar políticas públicas. Una lectura instrumental podría justificar mayor inversión en simuladores para defensa y planificación urbana, en paralelo a marcos regulatorios laxis para tecnologías inmersivas. En lo económico, empresas que venden experiencias inmersivas, datos cerebrales o plataformas de metaverso pueden ver su valor legitimado por una visión que convierte la percepción en el recurso central.

Hay riesgos: la naturalización de la simulación puede favorecer políticas tecnocráticas donde la legitimidad se atribuye a quienes “controlan la simulación” —plataformas y proveedores de infraestructura digital— y desconoce desigualdades materiales. También puede legitimar prácticas de vigilancia y monetización de la percepción.

Impacto en la investigación y en la cultura

Grinberg trajo a la discusión un enfoque que obliga a pensar en la investigación interdisciplinaria: psicología, etnografía, neurología y filosofía. Su legado invita a preguntarse cómo se construye la realidad en contextos rituales y cotidianos, y qué papel juega la atención colectiva. En contraste, el auge de la narrativa computacional empuja a que la investigación sea dominada por ingenieros, economistas y filósofos analíticos que modelan escenarios futuros.

En el plano cultural, la idea de vivir en una simulación alimenta tanto nuevas formas de espiritualidad como nihilismos tecnológicos. La diferencia con la propuesta de Grinberg está en la dirección de la influencia: una enfatiza la agencia humana hacia el interior de la conciencia; la otra, la dependencia hacia sistemas técnicos externos.

Actores relevantes y conflictos potenciales

Entre los actores que moldean el debate están pensadores como Nick Bostrom, empresarios como Elon Musk, investigadores y público atraído por la metáfora, así como estados que financian simulaciones. En México y América Latina, la recuperación de la figura de Grinberg abre otro actor: comunidades indígenas y saberes locales que proponen modelos alternativos de realidad. El conflicto surge cuando modelos tecnológicos homogenizan la experiencia y desplazan epistemologías locales.

También hay tensiones por la gobernanza de tecnologías inmersivas: quién decide estándares, quién regula datos cerebrales y qué límites éticos se establecen frente a simulaciones que puedan manipular percepciones colectivas.

Implicaciones prácticas: qué debería cambiar

La discusión pública debe distinguir relatos útiles de especulaciones literarias. Desde el punto de vista de políticas públicas conviene financiar estudios interdisciplinarios que conecten neurociencia, antropología y ética tecnológica, y regular tecnologías inmersivas antes de normalizar modelos que potencien concentración de poder. En el sector privado, las decisiones de inversión deben incorporar impactos sociales y no solo métricas de adopción.

Finalmente, rescatar la obra de Grinberg obliga a incorporar perspectivas que prioricen la agencia humana, la diversidad epistemológica y la protección de prácticas culturales frente a un mercado global de experiencias.

La pregunta sobre si vivimos en una simulación seguirá siendo un imán retórico. Su valor no está en confirmarla empírica o matemáticamente —ese puede ser un callejón sin salida—, sino en cómo la narrativa reorganiza prioridades: qué tecnología se financia, qué saberes se legitiman y qué tipo de futuro queremos construir.

📷 Imagen referencial de archivo editorial

0 0 votes
Puntuación
Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios
Oldest
Newest Most Voted
Inline Feedbacks
View all comments

El misterio del manuscrito VOYNICH

El manuscrito Voynich, un enigma del siglo XV, ha desconcertado a expertos por su escritura y contenido desconocido. ¿Qué secretos oculta?

Jacobo Grinberg y Pachita «alterando la realidad»

Jacobo Grinberg, neurofisiólogo y psicólogo, estudió la conciencia y la espiritualidad a través de su relación con Pachita, una curandera-chamana. Conoce su historia y conceptos clave.