El descubrimiento de ‘Los Abuelos’ y de otras dos ciudades mayas de aproximadamente 2.800 años no es un hallazgo más para el catálogo; desplaza el eje de la discusión sobre cuándo, por qué y cómo emergió el urbanismo en la Selva Maya. La novedad no está solo en la antigüedad —Preclásico temprano y medio— sino en la escala: plataformas monumentales, plazas planificadas y calzadas que hablan de coordinación social sostenida siglos antes de los grandes reyes del Clásico. El equipo responsable combinó mapeo LIDAR de alta densidad con verificación en tierra, un protocolo que en la última década está alterando la arqueología mesoamericana con la misma fuerza con la que la fotografía aérea transformó la disciplina en el siglo XX.
La ubicación importa: selva, agua y rutas
Los tres asentamientos se inscriben en la Selva Maya del sureste de México, un mosaico de bosques tropicales que conecta el norte de Guatemala, Belice y la península de Yucatán. No es casual: la ecología de aguadas estacionales, bajos y mesetas calizas condicionó la ocupación desde el Preclásico. ‘Los Abuelos’ se levanta en un paisaje de lomas calcáreas con acceso a cuerpos de agua temporales; las otras dos ciudades —con rasgos arquitectónicos emparentados— muestran sistemas de plazas y plataformas que aprovechan los interfluvios y los bordes de humedales, una fórmula repetida en el área maya temprana. Los arqueólogos suelen reservar las coordenadas exactas por razones de conservación, un estándar en contextos con riesgo de saqueo.
El patrón de emplazamiento encaja con lo observado en grandes redes tempranas de la Cuenca Mirador–Calakmul, en el norte de Guatemala y el sur de Campeche, donde calzadas (sacbeob) y plataformas ceremoniales conectan nodos a escala regional. Ese tejido de infraestructura —visible desde el aire y confirmado en campo— no es solo ceremonial: es política hecha piedra, la evidencia más directa de que había organización laboral y capacidad de movilización mucho antes de las dinastías del Clásico.
Fechado y evidencias: del vuelo al estrato
El relato cronológico se apoya en dos líneas de evidencia. Primero, la morfología arquitectónica que el LIDAR revela con nitidez bajo el dosel: plataformas alargadas, plazas rectangulares, montículos piramidales tempranos y posibles conjuntos astronómicos tipo Grupo E —configuraciones muy difundidas en el Preclásico, identificadas originalmente en Uaxactún—. Segundo, la cerámica recuperada en pozos de sondeo y en cortes naturales, junto con muestras orgánicas para radiocarbono, que sitúan actividad intensa hacia ca. 800–400 a. C. y continuidad en el Preclásico medio. Es importante subrayar que, en asentamientos tan antiguos, la arquitectura de barro y piedra careada y las superficies estucadas se conservan de forma irregular; de ahí la necesidad de integrar prospección remota y verificación estratigráfica.
Que el corazón de estas ciudades sea tan antiguo no significa que su historia se agote en el Preclásico. En muchas urbes de la región la ocupación rebrota siglos después. Lo decisivo aquí es el arranque: la monumentalidad y el trazo urbano aparecen antes de lo que la literatura popular asume, y encajan con tendencias robustas ya demostradas en sitios como Aguada Fénix (Tabasco), identificado por el equipo de Takeshi Inomata, con fechas en torno a 1000–800 a. C., y en la malla de caminos y plataformas de la cuenca Mirador–Calakmul, documentada por iniciativas LIDAR regionales en Guatemala y Campeche.
El papel del LIDAR: la selva deja de ser opaca
El salto metodológico es nítido. El LIDAR aerotransportado —que emite pulsos láser y modela el terreno bajo la vegetación— ofrece densidades de puntos de decenas de millones por kilómetro cuadrado. Al filtrar la vegetación, emergen microrelieves de centímetros que delatan muros, terrazas, plazas y calzadas invisibles a simple vista. La arqueología tradicional sí podía descubrir estas ciudades, pero con décadas de caminatas, brechas y suertes variables; el LIDAR constriñe la incertidumbre espacial, delimita la escala y prioriza dónde excavar. Así se detectó ‘Los Abuelos’ y sus “ciudades hermanas”, y así se planifican las campañas: modelos digitales primero, botas y machete después, prueba de materiales y, cuando procede, excavación limitada.
La adopción masiva de LIDAR en Mesoamérica no ha sido aislada. En una década se ha pasado de proyectos piloto a mapas regionales: en Guatemala, el consorcio PACUNAM impulsó en 2018 un escaneo que cambió el entendimiento de Petén; en México, levantamientos sobre Tabasco, Campeche y Quintana Roo han abierto líneas de evidencia para el Preclásico y el Clásico. Lo que ahora vuelve evidente ‘Los Abuelos’ es que esa ventana tecnológica también ilumina el amanecer de la ciudad maya, no solo su apogeo.
Por qué esto importa: urbanismo, poder y trabajo
El “por qué” de estas obras —plataformas de cientos de metros, plazas que ordenan el movimiento, calzadas que llevan de un núcleo a otro— apunta a procesos sociales, no a caprichos arquitectónicos. Tres claves:
Primera, la ritualidad como pegamento político. En el Preclásico maya, la planificación de grandes plazas y plataformas niveladas congrega población dispersa en tiempos de ritual y redistribución. La cohesión no requiere todavía reyes con glifos y estelas; exige calendarios compartidos y autoridades capaces de coordinar trabajo estacional.
Segunda, la gestión del agua como motor. En regiones de aguadas y bajos, el paisajismo constructivo —canales, bermas, elevación de plazas— reduce vulnerabilidad y ordena ciclos agrícolas. El urbanismo temprano no es un lujo: es una infraestructura para sobrevivir en la selva estacional.
Tercera, la escala regional. La existencia de calzadas y alineamientos entre sitios sugiere jerarquías y complementariedades. ‘Los Abuelos’ y las otras dos ciudades no son islas; forman parte de un sistema de nodos con roles diferenciados, una prefiguración de los Estados del Clásico.
Lo que sí cambia y lo que no
El hallazgo no invalida décadas de investigación, pero reposiciona el cronograma. Cambia la fecha a la que podemos hablar razonablemente de urbanismo: no hay que esperar al Clásico temprano (ca. 250–600 d. C.) para ver planificación monumental y redes viales. Cambia también la geografía del protagonismo: el Preclásico no fue un ensayo marginal, fue un acto fundacional que dejó huellas intensas en la franja central de la Selva Maya.
Lo que no cambia: la necesidad de prudencia con términos como “ciudad” en el Preclásico. La palabra implica densidad y complejidad que no siempre son uniformes. La evidencia apunta a centros ceremoniales de gran escala con viviendas dispersas y ocupación estacional o permanente variable. Tampoco cambia la centralidad del trabajo comunal: detrás de cada plataforma hay logística agrícola, calendarios, comida para trabajadores y líderes capaces de convocar.
Conservación y política pública: la ventana que se abre (y la puerta que se cierra)
El efecto colateral de anunciar ciudades nuevas en la selva es conocido: crece el interés, legítimo y criminal. Por eso los equipos guardan coordenadas, coordinan con autoridades ambientales y culturales y enfatizan la educación patrimonial con comunidades ejidales y guardaparques. La Selva Maya es un corredor transfronterizo con áreas protegidas como la Reserva de la Biosfera de Calakmul (México) y la Reserva de la Biosfera Maya (Guatemala). La gobernanza de ese paisaje se complica con proyectos de infraestructura, fronteras porosas y mercados ilícitos de antigüedades.
En México, la obra pública de gran escala en la península —con el Tren Maya como eje— ha generado rescates arqueológicos masivos pero también tensiones sobre el equilibrio entre desarrollo y conservación. Descubrimientos como ‘Los Abuelos’ subrayan que el patrimonio más frágil y antiguo no siempre está a la vista de trazos viales, y que la mejor política de preservación empieza con planes de ordenamiento territorial que integren cartografía LIDAR y salvamento planificado, no reactivo.
Quiénes están detrás y cómo trabajan
Los protagonistas combinan perfiles: arqueólogos de campo con experiencia en la selva, especialistas en sensores remotos, topógrafos, geoarqueólogos y analistas de materiales. En el ecosistema mexicano, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) regula permisos y resguardo; universidades nacionales como la UNAM aportan laboratorios y formación; y equipos internacionales han sido clave para metodologías LIDAR y dataciones, como se ha visto en proyectos de la Universidad de Arizona o consorcios guatemaltecos. En el terreno, la logística se decide por ventanas climáticas, negociación con ejidos y brigadas mixtas de científicos y portadores locales. La seguridad del patrimonio delimita qué se publica y cuándo.
El nombre de ‘Los Abuelos’ remite a la práctica usual de bautizar sitios nuevos con referencias locales o convenciones de campo. Más allá del rótulo, el núcleo del trabajo es repetible: plan de vuelo LIDAR, modelado del terreno, mapeo de anomalías, verificación con GPS diferencial, test pits para cerámica y carbón, y muestras selectivas para C-14. Con esos insumos, la cronología y la función se infieren con cautela, y la excavación extensiva se reserva para preguntas que el muestreo no resuelve.
Preguntas de fondo que quedan abiertas
Dos debates se avivan con ‘Los Abuelos’. Primero, el de los orígenes de la autoridad: ¿fueron corporativas las primeras formas de poder —con consejos y ritual compartido— o emergieron liderazgos personalistas más temprano de lo pensado? Segundo, el de la conectividad: si las calzadas articulan nodos en decenas de kilómetros, ¿estamos ante redes político-rituales que funcionaban como territorios, o como ligas flexibles ligadas a calendarios y peregrinación? La respuesta requerirá más excavación dirigida, geoquímica de materiales y, sobre todo, estudios de paisaje que integren hidrología, suelos y agricultura antigua.
El hallazgo también reaviva una cuestión metodológica: la dependencia de LIDAR. La tecnología no sustituye la excavación, pero sí reconfigura el sesgo de muestreo. Al elegir dónde ir según patrones que ya conocemos —plataformas rectilíneas, plazas—, corremos el riesgo de pasar por alto configuraciones distintas. La buena noticia es que, al ampliar la cobertura y diversificar algoritmos de detección, se reducen esos sesgos.
Para qué sirve saber esto hoy
La utilidad no es solo académica. Conocer que hubo urbanismo y obras hidráulicas complejas en la selva hace 2.800 años enseña lecciones vigentes: la gestión de agua en climas estacionales, la coordinación de trabajo sin aparatos estatales mastodónticos, la resiliencia frente a variabilidad climática. En tiempos de crisis hídrica y de expansión de fronteras agrícolas, el pasado ofrece parámetros de lo posible y de lo frágil.
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Preguntas frecuentes
¿Dónde están exactamente ‘Los Abuelos’ y las otras dos ciudades?
En la Selva Maya del sureste de México. Por razones de conservación y seguridad, los equipos suelen no divulgar coordenadas precisas de sitios recién reportados.
¿Cómo saben que tienen unos 2.800 años?
Por la combinación de tipologías arquitectónicas tempranas y materiales recuperados en sondeos —cerámica diagnóstica y muestras orgánicas— que, al fecharse por radiocarbono, ubican los contextos en el Preclásico (aprox. 800–400 a. C.).
¿Qué es el LIDAR y por qué fue clave?
Es un escáner láser aerotransportado que modela el terreno bajo la vegetación. Permite ver plazas, plataformas y calzadas ocultas por la selva y planificar verificaciones en tierra con precisión.
¿Se pueden visitar los sitios?
No es recomendable ni está permitido sin autorización. Son zonas frágiles, en muchos casos dentro de reservas y ejidos; visitar sin guía y permiso pone en riesgo a los sitios y a las personas.
¿Qué relación tienen con otras ciudades mayas conocidas?
Comparten con centros como Aguada Fénix y los sitios de la cuenca Mirador–Calakmul rasgos de planificación temprana y redes de calzadas, lo que sugiere integración regional desde el Preclásico.
¿Por qué los arqueólogos no publican todos los datos de inmediato?
Para proteger el patrimonio de saqueo y para completar análisis que requieren tiempo. La divulgación responsable equilibra transparencia científica y seguridad del sitio.
¿En qué afecta esto a proyectos como el Tren Maya?
Subraya la necesidad de integrar cartografía LIDAR y salvamento arqueológico en la planeación y en los estudios de impacto, y de ajustar trazos o medidas de mitigación cuando sea necesario.
¿Qué sigue en la investigación?
Excavaciones dirigidas en sectores clave, estudios geoquímicos de materiales, análisis paleoambientales y ampliación de coberturas LIDAR para comprender la red completa a escala regional.
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