Quién realmente domesticó la papa y por qué nos importa hoy

Un nuevo artículo que circuló en medios como National Geographic Latinoamérica reavivó una pregunta con mucho peso histórico: ¿dónde y cómo nació la papa que hoy comemos? La respuesta no es sólo curiosidad botánica; explica por qué un tubérculo andino se volvió central en la demografía europea, por qué produjo tragedia en Irlanda y por qué los científicos de Lima siguen preservando semillas en frío.

Raíz andina, domesticación antigua

Los estudios arqueológicos y genéticos sitúan el origen de Solanum tuberosum en la región andina —lo que hoy son el sur de Perú y el altiplano boliviano—, donde comunidades humanas comenzaron a transformar plantas silvestres en cultivares hace entre 8.000 y 5.000 años. Cronistas españoles del siglo XVI como Pedro Cieza de León ya describían tubérculos cultivados en la sierra peruana en sus crónicas de 1553-1554; esos relatos, junto con restos arqueológicos y análisis de ADN de plantas antiguas, sustentan la antigüedad y la ubicación andina de la domesticación.

El traslado europeo y sus efectos palpables

La papa llegó a Europa a finales del siglo XVI por canales vinculados con la conquista española —actores como los conquistadores y botanistas que viajaron entre Lima y Sevilla jugaron papeles prácticos, sin que exista una sola fecha o nombre que lo resuma—. Durante los siglos siguientes se fue incorporando a dietas y sistemas agrarios: en el siglo XVIII figuras como Antoine Parmentier en Francia impulsaron su aceptación culinaria y técnica. La adopción masiva, sin embargo, trajo consecuencias reales: su carácter nutritivo y rendimiento por hectárea contribuyó a incrementos de población en Europa, pero su cultivo extensivo también generó dependencia.

La dependencia por cultivos homogéneos quedó expuesta con crudeza entre 1845 y 1852 en la Gran Hambruna irlandesa. Una enfermedad, Phytophthora infestans, arrasó las plantaciones y desencadenó muerte, migración masiva y cambios políticos. Ese episodio demuestra que la historia de un cultivo no es sólo agrícola: es geopolítica, económica y humana.

Lo que la genética ha empezado a revelar

En las últimas décadas, la genética de poblaciones y la genómica han matizado la historia tradicional. Lejos del modelo de una única «invención», los datos señalan un proceso complejo en el que hubo intercambio entre diversas variedades domesticadas y parientes silvestres a lo largo de la cordillera andina. Eso explica la enorme variabilidad morfológica observada en mercados agrícolas andinos y por qué agricultores indígenas conservan líneas de papa que no existen en la agricultura industrial.

En Lima funciona el International Potato Center (CIP), creado en 1971, que guarda y estudia miles de accesiones —más de 7.000, según sus propios registros— para preservar esa diversidad utile a la seguridad alimentaria. Ese banco de germoplasma es una herramienta práctica: sus colecciones han sido fuente de resistencia a enfermedades y de semillas para mejorar rendimiento en climas cambiantes.

Por qué importa hoy: vulnerabilidades concretas

La historia de la papa conecta con problemas contemporáneos y medibles. Primero, la pérdida de agrobiodiversidad en los Andes por cambio de uso del suelo y migración rural reduce la reserva genética disponible para nuevas variedades resistentes al calor, la sequía o nuevos patógenos. Segundo, la integración global de cadenas alimentarias concentra la producción en pocas variedades comerciales, lo que reproduce vulnerabilidades históricas: menos diversidad genética implica mayor riesgo de colapsos localizados. Tercero, el cambio climático altera altitud y lluvia en el altiplano peruano y en los valles de Bolivia, afectando la viabilidad de cultivos tradicionales en zonas precisas desde hace décadas.

Hay consecuencias económicas y sociales palpables: campesinos andinos que conservaron legados agronómicos pueden perder mercados o tierras; países que dependen de importaciones de papa procesada enfrentan choques de precio; y la investigación agrícola —pública y privada— deberá invertir más para adaptar cultivos a condiciones nuevas.

Investigación, privacidad y poder

La ciencia que descifra el ADN de la papa no es neutral: decide qué genes se protegen, qué variedades entran en bancos de germoplasma y qué patentes se solicitan. Organizaciones como el CIP trabajan con gobiernos y comunidades campesinas, pero hay tensiones por propiedad intelectual, acceso a recursos genéticos y beneficio compartido. La legislación internacional sobre recursos genéticos —con antecedentes en los años 90 y acuerdos posteriores— intenta poner reglas, pero la negociación entre intereses privados, estados y agricultores sigue abierta.

En https://www.soycodigo.org publicamos análisis y recomendaciones que vinculan estas discusiones con libros y estudios sobre agricultura y poder; entender quién controla la información genética hoy es entender quién tendrá semillas mañana.

Lo que aún no se sabe y qué queda por decidir

Hay certezas: origen andino, domesticación milenaria, rol crucial en la demografía y vulnerabilidades históricas y presentes. Pero persisten preguntas técnicas y políticas sin respuesta clara: ¿cómo se repartirá el acceso a las variedades resistentes que resulten de la genómica? ¿sobrevivirán las prácticas tradicionales de conservación frente a la presión de modelos productivos globales? Si los bancos de germoplasma contienen decenas de miles de líneas, ¿quién decide cuáles se comercializan y cuáles se dejan en reserva?

La papa no es sólo un objeto de museo genético: es una apuesta concreta por la seguridad alimentaria del siglo XXI. Su historia muestra que la tecnología puede rescatar variedades y que la política puede restringir su utilidad. Y si dependemos de un cultivo domesticado en los Andes hace milenios, ¿cómo evitamos repetir la lógica de riesgo que provocó tragedias como la hambruna irlandesa cuando nuevas generaciones de enfermedades o el cambio climático vuelvan a golpear?

📷 Imagen referencial de archivo editorial

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