La crisis venezolana ya no es solo un problema interno de gobernabilidad y economía; es un pivote que obliga a reordenar cálculos estratégicos en varias plazas internacionales. Lo que comenzó como una combinación de políticas económicas fallidas, caída de precios del petróleo y concentración del poder durante la era de Hugo Chávez, y que se agravó bajo la presidencia de Nicolás Maduro, ha adquirido dimensiones geopolíticas: la debilidad del Estado y la urgencia por ingresos y aliados han convertido a Venezuela en terreno de contestación entre potencias, proveedores de crédito y actores regionales. El análisis exige distinguir causas domésticas verificables de las dinámicas externas que explotan, y examinar las consecuencias tangibles sobre seguridad, energía y diplomacia regional.
Causas internas: economía, Estado y deslegitimación
En el origen de la crisis están políticas económicas y de gestión pública que, con el tiempo, erosionaron la capacidad productiva del país. El modelo rentista petrolero, reforzado por la nacionalización de empresas y el control cambiario, funcionó con altos precios del crudo pero se mostró vulnerables ante la caída de esos ingresos. La administración de recursos de PDVSA y la dependencia de la renta petrolera redujeron la inversión en capacidad de producción y en instituciones. La combinación de hiperinflación, contracción del PIB y deterioro de servicios públicos erosionó la legitimidad del Estado y facilitó la exitencia de redes clientelares y prácticas de captura institucional. En el plano político, el control del poder judicial y del aparato electoral, y decisiones como la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente en 2017, profundizaron la polarización y la percepción de ilegitimidad por una parte significativa de la oposición y de la comunidad internacional.
Actores internacionales: apoyos, sanciones y estrategias
La crisis ha atraído la intervención —directa o indirecta— de una gama de actores con objetivos distintos. Rusia y China han emergido como aliados estratégicos del régimen de Maduro mediante préstamos, acuerdos energéticos y cooperación técnica, buscando tanto retornos económicos como plataformas de influencia en el hemisferio occidental. Cuba aparece como aliado político y de seguridad, con vínculos históricos que incluyen cooperación en áreas de inteligencia y servicios médicos. Irán ha suministrado combustible y asistencia técnica en momentos de escasez, lo que ha tenido impacto simbólico y práctico.
Frente a estos respaldos, Estados Unidos y la Unión Europea han graduado sanciones económicas que, desde mediados de la década de 2010, apuntaron a funcionarios, sectores clave y, en momentos puntuales, al aparato petrolero para presionar por cambios políticos. Las medidas han buscado aumentar el costo del mantenimiento del poder para el régimen, pero han tenido efectos colaterales sobre la capacidad fiscal del Estado y sobre la población civil. A la vez, actores regionales —colombianos y brasileños, entre otros— han tenido que gestionar los flujos migratorios y el impacto socioeconómico en sus fronteras, lo que a su vez ha politizado las respuestas nacionales.
Consecuencias regionales: migración, seguridad y economía
La salida masiva de personas, documentada por agencias multilaterales como ACNUR y la OIM, ha transformado la geografía social de la región. Colombia, Brasil, países del Caribe y naciones andinas han registrado grandes contingentes de migrantes y refugiados, generando presiones sobre servicios públicos, mercados laborales y políticas migratorias. En el plano de la seguridad, la fragmentación del control estatal en zonas como el suroriente ha facilitado la expansión de minería ilegal, redes de contrabando y la presencia de grupos armados y bandas criminales —fenómenos que tienen repercusiones transfronterizas y constituyen factores de inestabilidad para países vecinos.
En el terreno económico, la persistente fragilidad de PDVSA y la caída de producción limitaron los ingresos del Estado a la vez que abrieron oportunidades para actores externos interesados en activos energéticos. El hecho de que Venezuela conserve, según datos ampliamente difundidos por organismos internacionales y por la propia OPEP, entre las mayores reservas petroleras del mundo convierte al país en un objetivo estratégico: su recuperación o su control tienen implicaciones directas para mercados energéticos, para las ambiciones de compañías estatales como las de China y Rusia, y para la capacidad de Estados Unidos de preservar o contestar esferas de influencia en la región.
Contexto histórico y dinámicas de reconocimiento político
La disputa por la legitimidad política se convirtió, en años recientes, en un elemento central de la crisis internacionalizada. En 2019 se produjo un punto de inflexión diplomático cuando varios países reconocieron a Juan Guaidó como presidente interino, mientras otros mantuvieron el apoyo a Nicolás Maduro. Ese episodio evidenció que la comunidad internacional estaba dividida y que la legitimidad y el reconocimiento son instrumentos de presión política. Desde entonces, ha habido intentos de negociación con mediación internacional —Noruega y otros actores han jugado papeles facilitadores— pero los avances han sido intermitentes y condicionados por demandas concretas de las partes y por los incentivos de actores externos.
Impacto geoestratégico: ¿reconfiguración o statu quo ampliado?
La presencia y los compromisos de Rusia y China con Caracas no solo buscan retornos económicos; forman parte de estrategias mayores para erosionar la hegemonía política y económica estadounidense en la región y para asegurar corredores de influencia que incluyan suministro energético, acceso a bases logísticas y ámbitos de cooperación tecnológica y militar. Mientras tanto, la respuesta occidental ha sido mixturada entre presión sancionadora y esfuerzos diplomáticos destinados a una salida negociada. Esa doble estrategia refleja la dificultad de generar un costo político y económico suficientemente elevado para forzar una transición, sin agravar el sufrimiento humanitario ni desestabilizar aún más la región.
Escenarios y efectos prácticos para la política exterior y la seguridad regional
De cara al futuro, el tablero ofrece varios escenarios plausibles: estabilización parcial mediante acuerdos que incluyan garantías electorales y apertura política; perpetuación del statu quo con el régimen manteniendo control mediante apoyos externos; o un agravamiento del colapso que genere nuevas oleadas migratorias y mayor intervención de actores externos. Cada escenario implicará costos y oportunidades distintos para América Latina y potencias globales: para Washington, la necesidad de concertar una estrategia regional que incluya a países receptores de migrantes; para la Unión Europea, la gestión de vínculos energéticos y humanitarios; para Moscú y Pekín, la posibilidad de consolidar posiciones de influencia comercial y estratégica; y para actores regionales, la urgencia de mecanismos colectivos de respuesta política y humanitaria.
El Real Instituto Elcano y otras instituciones de análisis han subrayado que la crisis venezolana es tanto un test de políticas de contención como una ventana de oportunidad para revisar alianzas y prioridades en materia de seguridad energética, migración y gobernabilidad regional. Las decisiones tomadas por gobiernos y actores externos en los próximos años determinarán si la región se encamina hacia modalidades de cooperación que mitiguen impactos humanitarios y restauren marcos democráticos, o hacia una mayor polarización y competencia estratégica que consolide esferas de influencia rivales dentro del hemisferio.
📷 Imagen referencial de archivo editorial

























