En los últimos días los titulares han afirmado un “descubrimiento astronómico del siglo” que, según algunas crónicas, revela por primera vez qué hay en el interior de la Luna y obliga a reescribir la historia del sistema solar. Ese tipo de anuncios merece atención, pero también lectura crítica. Este análisis explora con rigor qué se sabe hoy sobre el interior de la Luna, qué técnicas permiten esa información, qué límites tienen los datos existentes y por qué —si se confirma— un hallazgo decisivo tendría implicaciones profundas para la ciencia planetaria.
Primero: lo que ya es histórico y comprobable.
La base de nuestro conocimiento sobre el interior de la Luna no nació de un solo experimento reciente, sino de décadas de misiones y reanálisis de datos. Las misiones Apollo (1969–1972) dejaron una red de sismómetros que midieron sismos lunares y proporcionaron la primera mirada directa a la estructura interna. Más recientemente, la misión GRAIL (NASA, 2011–2012) cartografió con precisión el campo gravitatorio lunar, revelando variaciones inesperadas —mascons, diferencias de espesor de la corteza entre la cara visible y la oculta— que fueron clave para modelar la distribución de masa bajo la superficie.
Complementan este inventario las muestras traídas por las misiones Apollo y Luna, y las muestras más recientes devueltas por Chang’e 5 (China, 2020). La geoquímica de esas rocas sostiene la idea de una Luna formada a partir de una mezcla de material terrestre y del impactor gigante (la hipótesis del gran impacto), de una etapa temprana de océano de magma que llevó a diferenciación y de episodios volcánicos que crearon los mares basálticos visibles hoy.
Con esos pilares, los modelos contemporáneos describen a la Luna con una corteza relativamente delgada y heterogénea, un manto que muestra evidencia de un pasado volcánico activo y un núcleo pequeño y en gran medida metálico. El tamaño exacto y el estado (completamente sólido, parcialmente líquido) del núcleo han sido objeto de debate y refinamiento conforme se reanalizan los datos sísmicos y gravimétricos. Algunos estudios han sugerido la presencia de una capa fundida o parcialmente fundida alrededor del núcleo y la posibilidad de una estructura de núcleo interno/externo, pero esas conclusiones se han presentado con rangos de incertidumbre.
Entonces, ¿qué podría significar la frase “revelan qué hay en el interior de la Luna”?
En la práctica, un descubrimiento así implicaría una o varias de estas posibilidades: 1) datos sísmicos de calidad y cobertura suficientes para construir un modelo 3D robusto de la estructura interna; 2) análisis geoquímicos de nuevas muestras excavadas de capas profundas que muestren composición contrastante; 3) medidas gravimétricas y magnéticas de alta resolución que permitan inferir con baja ambigüedad la distribución de hierro y elementos volátiles; o 4) detección directa de fluidos o depósitos (por ejemplo, reservas de agua en forma de hidroxilo o hidrosilicato) a profundidades relevantes.
También es importante entender el “por qué” científico: conocer a fondo el interior de la Luna no es sólo satisfacer curiosidad.
Permite trazar con mayor precisión el cronograma de formación y enfriamiento del satélite, calibrar modelos del océano de magma y la pérdida de calor, explicar la historia del campo magnético lunar (y con ello los mecanismos de dínamo planetario) y, crucialmente, afinar la hipótesis del origen lunar y las condiciones del sistema temprano Tierra–Luna. Si se encontrase, por ejemplo, evidencia inequívoca de reservas internas significativas de agua, cambiarían las estimaciones sobre la cantidad de volátiles preservada tras el gran impacto y las rutas de entrega de agua a cuerpos interiores del sistema.
También hay consecuencias prácticas. Un mapa fiable del interior de la Luna informaría la localización de recursos (agua, minerales), la evaluación de riesgos para bases habitadas y la selección de sitios para perforación o asentamientos bajo el programa Artemis y misiones internacionales. En términos geopolíticos, un descubrimiento “revolucionario” intensifica las competencias por liderazgo científico y acceso a recursos.
Sin embargo, la prudencia científica exige distinguir entre comunicación periodística y verificación. Un titular ganador puede basarse en resultados preliminares, en la relectura de archivos antiguos con nuevas técnicas o en modelos que todavía permiten alternativas compatibles con los datos. La confirmación sólida llega a través de revisión por pares, replicación independiente y, en muchos casos, datos nuevos de misiones diseñadas para ese propósito.
¿Qué falta hoy para dar por definitivo un “mapa” del interior lunar?
Entre otras cosas: una red sísmica moderna y global en la superficie lunar; sondas que penetraran o taladrasen la corteza hasta profundidades no alcanzadas por las muestras traídas; mediciones gravimétricas y magnéticas con resolución espacial mayores; y experimentos in situ que prueben la presencia y la movilidad de volátiles a profundidad. Existen planes y proyectos (programas tripulados como Artemis, misiones robóticas nacionales y comerciales, propuestas académicas de estaciones geofísicas) que pueden aportar esas piezas en la próxima década.
Por último, ¿por qué un hallazgo verificado podría “reescribir la crónica del sistema solar”? Porque la Luna es un archivo congelado del entorno del sistema solar interno en el primer centenar de millones de años. Cambios en nuestras estimaciones sobre su composición, volumen de volátiles o cronología de eventos planetarios afectarían los modelos de acreción planetaria, de diseminación de elementos ligeros y pesados, y de dinámica orbital temprana. Eso no significa que todo lo aprendido sobre formación planetaria caería por tierra, pero sí que se ajustarían parámetros clave que alimentan modelos sobre cómo se formaron la Tierra, Marte y otros cuerpos rocosos.
Conclusión práctica: leer el titular, luego leer el estudio.
Si los medios anuncian que “por fin sabemos qué hay en el interior de la Luna”, la pregunta inmediata debe ser: ¿qué datos se presentaron, cómo se analizaron y qué grado de incertidumbre queda? La buena noticia es que la lunaridad del conocimiento está en expansión: más misiones, técnicas de reanálisis de archivos y colaboraciones internacionales aumentan la probabilidad de descubrimientos definitivos. La mala noticia es que la complejidad del interior planetario exige tiempo, replicación y cautela antes de reescribir manuales.
Este es el momento de celebrar la posibilidad de avances decisivos, sin perder la precisión que la ciencia exige. Si el hallazgo que hoy circula logra someterse a escrutinio riguroso y se acompaña de datos in situ adicionales, entonces sí estaremos ante una de las grandes revisiones de la historia planetaria. Hasta entonces, lo responsable es separar lo comprobado —la estructura general, la herencia del gran impacto, los datos de Apollo y GRAIL, la evidencia geoquímica— de lo todavía provisional. El interior de la Luna sigue siendo en parte un misterio: la ciencia está en camino de aclararlo, y el valor del hallazgo dependerá de la solidez de las pruebas, no del brillo del titular.
📷 Imagen referencial de archivo editorial

























